Lo malo de vivir en una casa vieja en el centro de Madrid es, al parecer, que el frío se cuela por todos lados. Las ventanas (algunas al borde de la "deconstrucción") tienen agujeros inexplicables en su madera y, en un caso en particular, los vidrios están separados en dos de sus lados de la madera. Como se mantienen en su lugar es una de esas cuestiones que mejor no deben de sacarse a la luz. Así que en plena primavera, con ofertas de bronceadores (o "leche solar", como dicen aquí) en los supermercados y anuncios de "vacaciones en la playa" por todos lados, yo me estoy congelando.
Frío. Café. Frío. Café. Frío. Café. Frío. Temblores (¿provocados por el frío o por el café?). Dolor de cabeza. Aspirínas (con café).
Y la vida sigue.
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