Hace unas semanas, intercambiando mails con mi cuate y colaborador de Pocas Pulgas Gerardo Sifuentes, comentábamos acerca del fenómeno naco y su más que probable relación con México. Recordé entonces una acnédota que me pasó aquí en Madrid:
Hace unos días estaba en el metro, regresando de una chamba como a eso de las 11 de la noche. En la parada del parque del Retiro entró un tipo prieto, con una camiseta dos tallas más chica de lo necesario, con una impresión del Coliseo y la palabra "Roma" en el pecho. Pantalón de mezclilla rabón, calcetines blancos y mocasines color vino. También tenía una gorrita como de capitán de barco, con "Venecia" bordado en letras doradas al frente. En su mano izquierda tenía un sobrero de charro de lo que parecía ser terciopelo rojo, con figuras bordadas en dorado y verde esmeralda. En la derecha, una bolsa como de supermercado con una lata de chiles jalapeños. Se sentó a mi lado.
Adivinaron. Un compatriota.
Llevaba un mes viajando por Europa. Era obvio que Italia había sido su último destino antes de llegar a Madrid. Los sombreros de charro los hacía él y se los vendía a los turistas afuera del aeropuerto de la Ciudad de México. Se trajo unos cuantos a Europa para tratar de venderlos y sacarse, en sus palabras, "unos pesos". Ya había vendido todos menos ese rojo. Los chiles sus fieles compañeros en el viaje. No podía comer nada sin acompañarlo con unos jalapeños. "¿Te imaginas una paella valenciana sin jalapeños? No maaaaaames... ¡qué deshabrido!".
Le quedaban sólo unos días más en Europa, pero como le había gustado mucho estaba pensando en mandarle pedir a su "vieja" unos cuantos sombreros más y, claro, "unas 10 o 15 latitas más de chiles jalapeños".
10.6.02
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