25.6.02

Erik Lugo clavó en el suelo la espada rota que antes había sido de su padre; se hincó y apoyo su frente en ella. La batalla había terminado. El campo se teñía de rojo y los cuerpos inértes y mutilados se confundían unos con otros, dando la apariencia de ser una misma criatura con cientos de cabezas y extremidades, un monstruo nacido de la violencia y el odio. Nunca conoció su raza matanza semejante, una matanza entre congéneres, un feroz canibalismo.

Pudo reconocer los rostros de algunos de sus compañeros caídos en la batalla: Creel, amigo de su padre y a quien muchas veces llamó "maestro"; Adrienne, inexperta e impetuosa, demasiado joven para morir. Ahora descanzaban junto a sus enemigos, destinados a pasar al terreno de las leyendas.

Erik Lugo estaba solo. Solo con una espada rota y una victoria pírrica.

A lo lejos, una silueta salió del sol, acercándose a él. Inmediatamente supo que era ella.


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